Ningún virus o patógeno me hará vivir con miedo y no me va a impedir abrazar a mi familia, tomar una cerveza con mis amigos,  ayudar aquel que me necesita o contemplar en libertad una puesta de sol.

No admito que nadie decida por mi salud, es mi vida y yo decido como quiero vivirla. Yo soy consciente que me voy a morir desde que tengo uso de razón, esa es la única certeza que tengo en esta corta vida, y viene de fábrica.

Y esta vida, quiero vivirla en libertad disfrutando de todas aquellas pequeñas cosas que le dan contenido.

¿Miedo?, no tengo, y en la incertidumbre de cuándo será mi muerte no me preocupa forma parte de ella, y se que lo único que me voy a llevar es todo aquello que he vivido.

¿Miedo al dolor? Yo he visto la miseria más absoluta de aquel que no sabe qué será de su vida al despertarse por la mañana. Ellos y ellas me enseñaron a despertar con una SONRISA. Sonreían a la vida y cada mañana era una oportunidad.

Nuestra sociedad está enferma, pero no enferma de un virus, sino de falta de humanidad que permite que la gente se aterrorice por la muerte de 600.00O personas cuando mueren de hambre 60.000.000 millones de personas;  y este año, la previsión, gracias al desastre económico, ya está hablado de 100 millones. Y creerme nadie va a declarar ninguna emergencia mundial, ya que no genera negocio, en cambio vender vacunas, que dios sabe lo que llevaran sí.

Si de algo tiene de positivo está psico-pandemia, es de darnos cuenta de la libertad es un bien muy preciado por la que miles de personas han muerto y los derechos humanos forman parte de lo que debemos ser como humanos.

Está sociedad que vive de espaldas a la muerte, que guarda a sus ancianos en residencias para no ver cómo se van apagando, tiene una medicina que no cura, sino que te va prolongando una vida con cada vez más carencias, hasta que dejas de ser persona.

Cuando los europeos fueron América llamaron salvajes a las personas que habitaban en aquellas tierras porque una de las cosas que hacían era venerar a sus mayores y ayudarlos a morir cuando no podían valerse por ellos mismos suministrando drogas naturales para apaciguar su dolor, los mismos que cuando mataban a un animal daban las gracias al espíritu del animal por permitir alimentarse de su cuerpo. A esos, les llamaban salvajes.

En cambio, nosotros que hemos permitido que nuestros mayores mueran abandonados, sin el calor humano de sus seres queridos, nos llamamos civilizados.

Vivimos en un planeta maravilloso donde todas las personas compartimos unas pocas cosas básicas seamos de la religión o del partido que seamos, y esas pocas cosas básicas son las nos hacen humanos y nos dan la vida, y ningún patógeno me lo va arrebatar.

Y si me tengo que morir, me moriré sintiéndome humano. Es mi decisión.

¿Miedo? No gracias.